Fuente: Narración oral marroquí
NARRADORES ORALES DE LA PLAZA JMAA EL FNA DE MARRAKECH
¿Qué harías si tuvieras un tesoro inigualable, pero tiempo limitado para sacarle provecho?
Te voy a contar un cuento que me contaron en Marruecos.
La primera diferencia que noté entre Marruecos y la Latinoamérica de donde vengo era el color. Donde yo vivo es una tierra verde, y cuando uno sobrevuela en un avión es como una colcha de retazos de distintos verdes. Pero Marruecos es una tierra roja. Es un desierto.
Y en medio del desierto está la hechicera ciudad de Marrakech. Marrakech hace mil años fue el puerto del desierto.
Y allí llegaban todas las caravanas con los barcos de las arenas, los camellos, que venían desde lejos, sin contacto con el mundo, y llegaban a Marrakech y llegaban a la plaza, al Jmalfna. Y allí podían vender sus lámparas de cobre, sus alfombras de Persia, sus pistachos de Turquía. Podían comprar agua de uvas pasas para refrescarse después del largo viaje.
Pero venían sedientos más que todo de otra cosa, de chisme. Y se reunían en las plazas a comprar palabras, a saber noticias del resto del mundo, a entender qué estaba pasando, de qué se habían perdido en sus meses en el desierto. Y para eso estaban los cuenteros, los narradores de historias, los que se paraban en la plaza, en el Jmalfna, hace mil años, para relatar lo que estaba pasando con el sultán, el rey, para comunicar noticias y para contar cuentos.
Y hasta el día de hoy siguen allí, estos maestros cuentacuentos, cuenteros, narradores, pasándose los cuentos de generación en generación. Compiten con todo el otro entretenimiento que hay en la plaza, con los monos disfrazados de mujer, con las mujeres que te pintan diseños de henna en los brazos, aunque les digas que no, con los que bailan con fuego, con los que encantan serpientes. Pero en medio de todo este caos, de toda esta competencia, los contadores de historias siempre están rodeados de personas que han olvidado por completo todo lo que hay en el resto de la plaza y están atentos con la boca abierta, escuchando cada palabra metidos en el cuento, como si no existiera nada más.
Y entre esa multitud de personas escuchando al narrador de historias, estaba yo, con la boca abierta, transportada a quién sabe dónde, porque no entiendo nada de árabe, pero me tradujeron el cuento al final. Y ese es el cuento que te voy a contar a ti. Y estos narradores marroquíes siempre empiezan su historia de la misma manera.
Bismillah ar-Rahman ar-Rahim. En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso.
Había una vez un pobre pescador que vivía en esa huira, un pueblo al lado del mar, a varias horas de aquí, de Marrakech, de esta mismísima plaza donde estamos ahora.
Y un día, como todos los días, el pescador salió de madrugada a pescar cuando todavía estaba de noche y le fue mal, o eso pensaba, porque pescó un solo pez, nada más. Bueno, por lo menos tendremos desayuno mi esposa y yo.
Y se fue el pescador y le entregó el pescado a su mujer, pero cuando ella sacó el cuchillo para empezarlo a preparar... ¡Marido, qué es esto! El hombre vino corriendo y adentro del pescado había una perla.
Una perla que brillaba como la luna llena y tenía casi el mismo tamaño. Era enorme, extraordinaria, exquisita. Ninguno de los dos nunca antes había visto semejante belleza y quedaron deslumbrados por tremendo tesoro que se habían encontrado.
¿Cuánto crees que valdrá? preguntó el pescador. Ni idea, dijo la mujer, pero tienes que llevarlo al de la tienda y seguro te dará un buen precio por él, porque es un hombre honesto. ¡Anda, rápido! ¡Imagínate todo lo que podríamos comprar! ¡Alhamdulillah!
Pues el pescador feliz se fue corriendo con la perla entre las manos para buscar al tendero que recién estaba abriendo.
Pero cuando se lo mostró, el tendero también lanzó un grito y dijo: ¡Ay amigo mío, no tengo ni idea cuánto vale esto, pero te lo garantizo, vale más que todo lo que tengo en mi tienda! ¿De veras? preguntó el pescador. Entonces, ¿qué hago? ¿A quién se lo puedo vender?
Pues aquí en el pueblo a nadie. Pero afortunadamente, anoche precisamente llegó el mercader. Él sí ha viajado y él ha conocido muchas cosas y él seguramente sabrá qué precio ponerle a esta joya.
Así que el pescador y el tendero se fueron corriendo a despertar al mercader a mostrarle aquella perla tan preciosa.
El mercader al principio estaba un poco enojado de que lo despertaran tan temprano en la madrugada, pero quedó deslumbrado cuando vio semejante perla.
Y aunque sintió las ganitas de darle cualquier cosa al pescador, que sabía que el pescador se contentaría con cualquier cosa, el mercader también era un hombre honesto.
Así que el mercader le dijo la verdad al pescador. Amigo, jamás en todos mis recorridos he visto algo semejante.
No tengo ni idea esto cuánto puede valer, pero te aseguro que vale más que toda mi caravana, que todos mis caballos, que todos mis bienes, que todas mis propiedades. La única persona que creo que te puede dar un precio justo por esto es el sultán.
De tanta alegría que le dio, el pescador echó a correr. No se detuvo a pensar que necesitaba prepararse mejor para tan largo viaje, porque Marrakech, la capital, estaba a dos días de camino. Pero no importaba. Esta riqueza tan extraordinaria, nunca había podido siquiera soñar con ella.
Le tenía que sacar todo el provecho y cuanto antes. De camino de vez en cuando se encontraba otros viajeros que también iban en esa dirección y lo dejaban montar en burro o caballo, así fuera un ratito. Y luego, cuando ellos se quedaban en el pueblo de camino, él seguía corriendo.
Y así logró avanzar bastante rápido y llegó a Marrakech, a la capital, de noche. Estaba exhausto. No había comido ni bebido nada en todo el día. Estaba sucio, olía pescado. Estaba lleno de la arena del desierto. Pero se fue derecho al palacio del sultán.
Y aunque los guardias al principio pensaron que era un loco o un indigente y trataron de echarlo, él les mostró la perla. Y los guardias entendieron que el sultán iba a querer verlo inmediatamente. Y se atrevieron a interrumpirlo cuando estaba justo a punto de comenzar su festín de la noche, su banquete, y trajeron al pescador ante el rey.
El pescador, por supuesto, estaba completamente deslumbrado con todo el palacio. Nunca jamás había estado en la capital. Es más, nunca había salido de su pueblo. Nunca había sabido soñar con tanta grandeza.
Y al ver el banquete que tenía el rey, ¡cómo le empezaron a sonar las tripas! Solamente el olor de aquel manjar. Carne de ternera asada con menta y especias. Pollo a la brasa con naranjas. La montaña de cuscús más grande que había visto con todas las verduras habidas y por haber. El pan fresquito, suavecito. ¡Las galletas! Las galletas que chorreaban miel. Las galletas de almendras y pistachos. ¡Mmm!
Pero tenía que olvidarse de la comida. Estaba en la presencia del mismísimo sultán. Y no sabía qué hacer realmente. No se podía postrar ante el rey. Los musulmanes no se postran ante nadie sino ante Alá. Así que el pescador se quedó ahí parado y el sultán simplemente le sonrió.
Me dicen que tienes un tesoro, le dijo él. Y sin pronunciar palabra, el pescador, con las manos temblando un poco, le mostró la perla. La perla que brillaba como la luna llena. Todos en la corte, al ver semejante tesoro... ¡Ah!
El sultán se acercó, lo examinó. Y el sultán, a pesar de todo su poderío, también era un hombre honesto. Así que le dijo al pescador la verdad.
Habibi, amigo mío, ni yo, en todo mi palacio, en todo mi reino, en todos mis tratos con otros reyes alrededor del mundo, he visto jamás semejante tesoro. Y por lo tanto, no sé cuánto puede valer. Pero eso sí, vale más que cualquier precio que yo le pueda poner.
Así que hagamos un trato y me dices si te parece justo. Te daré siete horas. En esas siete horas puedes llevarte todo lo que tú quieras de mi palacio. Le puedes decir a mis guardias que te ayuden a cargar. Puedes sacar mis tesoros, mis joyas, cualquiera de mis pertenencias. Lo que alcanzas a reunir en esas siete horas será tuyo para siempre. ¿Te parece justo?
¡Ah! Que sí me parece. Sí, señor. Sí. Muy, muchas, muchas gracias. Muchas gracias.
El pescador no sabía si estaba soñando, si qué, si se había muerto y llegado al cielo. No sabía, no sabía ni por dónde empezar. Nunca jamás en la vida había soñado tan grande. Porque uno solo puede soñar lo que imagina. Y dependiendo de dónde vienes, tu imaginación puede verse bastante limitada.
El pescador nunca antes había salido de su pueblo. Así que nunca había imaginado siquiera una vida de más que suficiente. Y era demasiado, demasiado. No sabría qué hacer con todo ese palacio. No sabría qué hacer con siete horas. Siete horas era mucho para sacar tanta cosa. Ni siquiera sabía por dónde empezar.
Y ahí fue cuando su estómago rugió. El olor de la comida, el banquete ahí servido, el hambre que tenía. Siete horas era mucho tiempo. Podía permitirse unos diez minutitos para comer lo que más pudiera. Y luego ya con la barriga llena, ya sí podría empezar a mirar el palacio y ver qué se quería llevar.
Así que le pidió permiso al sultán y el sultán le dijo: Pero por supuesto, come todo lo que quieras. En estas siete horas puedes llevarte lo que desees de mi palacio. Sea comida o lo que sea. Las siete horas empiezan ya.
Ay, qué rico. Nunca había probado algo tan delicioso. Ay, ese pollo. Y claro, cuando menos pensaba ya se había sentado al banquete, ya había probado todo, ya estaba repitiendo y ya había pasado una hora.
El pescador brincó. Bueno, difícil brincar porque estaba más lleno de lo que jamás había estado en la vida. Había sido la mejor comida y ahora, ahora sí, le empezaron a brillar los ojos pensando: De aquí en adelante podré comer así todos los días.
Bueno, ahora sí, tengo que ser inteligente. Me quedan seis horas. Seis horas todavía es mucho tiempo, más que suficiente. En seis horas puedo llevar mucho, mucho, mucho para mí, para mi esposa. Es más, para todo mi pueblo.
Y se le empezó a iluminar el rostro al pescador con una alegría. Puedo sacar a mi pueblo entero de la pobreza. Con lo que puedo sacar en estas seis horas en el palacio, podré hacer que todos mis amigos sean ricos. Nadie más en el pueblo tendrá que volver a ser pobre jamás.
Así que tengo que ser inteligente. Tengo que llevarme lo más importante, lo más valioso en estas seis horas que tengo. Tomaré la primera de las seis horas en simplemente recorrer todo el palacio para ver qué hay. Y luego ya sabiendo qué hay, con las cinco horas que me queden, podré llevarme exactamente lo que más vale la pena.
Y los guardias con mucho gusto empezaron a darle el tour por el palacio. Y luego llegaron a los aposentos del mismísimo sultán. Al pescador le dio pena entrar, pero el sultán le dijo: no, adelante. En estas horas que te quedan, puedes llevarte lo que sea. ¿Qué te gusta? ¿Te gusta el armario? ¿Te gusta la cama?
¡Ja! Que sí le gustaba la cama. La sola cama del sultán era más grande que toda su casa. Y el pescador fue donde la cama y se sentó sobre él para ver qué tal, ¿no? ¡Wow! Era como hundirse en una nube. Era lo más cómodo que había estado en la vida.
¡Esta cama sí que me la llevo! dijo, pensando en todas las noches románticas que pasaría con su mujer allí. ¡Ah! ¡Qué delicia esta cama!
Y allí recostado en la cama, se dio cuenta de lo cansado que estaba. ¡Ugh! Le pesaban los ojos. Bueno, ya sé que me quiero llevar la cama, ya sé que me quiero llevar los tesoros. Me queda mucho tiempo todavía.
Creo que me voy a recostar un momentito. Cerrar los ojos, cinco minutitos nada más. Y ya con más fuerzas, empezaré a cargar y a reunir cosas.
Y si tú eres como yo, al escuchar esta parte, seguramente sabes lo que va a pasar y estás pensando: ¡No! ¡No cierres los ojos, estúpido! ¡No lo hagas! De malas.
Lo próximo que supo el pescador fue que los guardias lo estaban sacudiendo. Y estaba oscura, oscura, oscura la noche y le estaban diciendo: ¡Levántate! ¡Ya es hora! ¡Se ha acabado el tiempo!
¿Qué? ¿Pero cómo así que se ha acabado el tiempo? ¡No! ¡Yo solo me recosté! ¡Solo cerré los ojos cinco minutos! ¡Me quedan casi seis horas todavía! ¡No! dijeron los guardias. Estuvimos aquí esperándote todo este rato, pero te quedaste profundo y pasó el tiempo.
¡No! dijo el pescador. ¡No, pero sí, sí! ¡No agarré nada! ¡No tomé nada! ¡No tengo nada! ¿Cómo así que se me acabó el tiempo? ¡Necesito más tiempo, por favor! ¡Dame más tiempo! ¡Una horita nada más, por favor! ¡Una horita!
Lo siento, dijo el sultán. Pero un trato es un trato. Me dijiste que era justo. Me dijiste que siete horas era más que suficiente.
¡Pero ya no! ¡Ya no! ¡Se me fue todo el tiempo! Y no logré nada. No alcancé nada. No le saqué provecho. No me llevé ni una sola moneda.
No tengo nada para llevarle a mi esposa. ¿Cómo puedo volver con las manos vacías ante mi esposa? Decir que vine hasta aquí, que tenía todo y que no tengo nada para llevarle. ¡Necesito más tiempo, por favor! ¡Dame más tiempo! Pero el tiempo se había acabado.
Y los guardias tuvieron que sacar al hombre arrastrado, quien lloraba y pataleaba y rogaba. Pero un trato es un trato. Y se tuvo que devolver.
Solo. A pie. Los dos días de camino hasta esa huida, donde lo esperaba su esposa, tan ansiosa, tan feliz, soñando con todo lo que le podría traer.
Y volver a ella y a su pueblo con las manos vacías, habiendo cambiado el tesoro más grande que jamás había poseído por absolutamente nada.
Cuando yo escuché este cuento por primera vez, y cuando escuché la parte donde el hombre le rugió el estómago y se sentó a la mesa a comer, yo pensé, ¡ay, no! Y cuando llegó a la cama, pensé, ¡no, no, no, no, no, no, no, no, no lo hagas, no lo hagas, no lo hagas! ¡Ay, no! ¡Yo sabía!
Y terminó el cuento y quedé brava. Quedé con rabia. Quedé pensando, ¿qué cuento tan estúpido de este tipo? ¡Tan idiota! ¿Cómo se le ocurre? ¿Cómo puede dejar eso pasar así? ¡Qué cuento más bobo!
Pero los marroquíes tienen una forma particular de contar historias. Toda historia que cuenten tiene obligatoriamente que llevar una moraleja. Y en principio, a mí no me gustan las historias con moraleja como tal. Me gusta pensar las historias y sacarle mis propias interpretaciones.
Pero este cuento sí tiene moraleja porque es un cuento marroquí. El anciano narrador de historias terminó el cuento y dijo: La perla preciosa es la vida. Y las siete horas son los siete días de la semana.
A cada uno de nosotros se nos ha dado un tesoro inigualable, porque nuestra vida no tiene precio. Y a cada uno de nosotros se nos ha dado siete días a la semana para sacarle todo el provecho que podamos a la vida.
Y cuando se nos acaban aquellos siete días, a diferencia del hombre, por lo general, el Creador nos da siete días más. Y sin embargo, ¿cuántos de nosotros no llegamos al final de nuestros días y vemos que no hemos logrado nada, que hemos desperdiciado toda nuestra vida, que hemos malgastado el tiempo que nos ha sido concedido?
¿Cuántos de nosotros no llegamos al final de la vida sin haberle sacado provecho y nos tiene que arrastrar la muerte mientras lloramos y pataleamos, ¡no ha sido suficiente! Necesito más tiempo. Necesito más tiempo. Necesito más tiempo.
Le conté esta historia a un grupo de amigos europeos, con moraleja y todo, y una de las chicas al final dijo algo muy interesante que me puso a pensar incluso más. Dijo, ah, qué interesante la moraleja.
Pero antes de que nos contaras la moraleja, yo ya estaba pensando en otra cosa. Y lo que yo le saco al cuento es que cuando las personas no tienen sus necesidades básicas cubiertas, como el hambre o el descanso, les cuesta mucho tomar buenas decisiones.
Y tenía toda la razón. Eso también es algo que se le puede sacar a este cuento. Y es cierto, es demasiado, demasiado difícil soñar con un propósito, con algo grande, cuando ni siquiera tienes con qué comer. Hay que cubrir esas necesidades básicas primero para poder tomar buenas decisiones.
Pero no nos podemos quedar ahí. Porque si nos quedamos ahí, simplemente sobreviviendo, ahí se nos fue toda la vida. Tenemos que obligarnos a ir más allá.
No podemos quedarnos en ese estado de supervivencia por siempre. Tenemos que encontrar la forma de romper ese ciclo, sea como sea, para poder ir más allá de nuestro pueblo, de nuestra chocita, y ver lo que la vida nos puede ofrecer.
Y una vez ya entendamos lo grandioso, una vez quedemos deslumbrados por todo lo que es posible, por todo lo que la vida nos puede ofrecer, ahí sí, ¿qué queremos sacar de ella? ¿Qué valor tiene tu vida? ¿Qué valor le vas a poner?
Encuentra una cosa, una cosa que digas, donde yo logre esta cosa, mi vida valió la pena. Y si no lo logro, perdí mi tiempo.
Piénsalo, ¿qué es eso para ti? ¿Qué es lo más valioso para ti de la vida? Y cuando lo tengas claro, apúntalo, y orienta todo tu tiempo alrededor de ella. Que ese sueño, que esa meta, guíe tus pasos.
Ten mucho cuidado porque es muy fácil distraerte, así que ponte a analizar con qué te estás distrayendo, y ponle límite a esas distracciones. Si sientes que pierdes el tiempo viendo TikTok, desde el celular le puedes poner un límite de diez minutos al día, algo así.
Averigua dónde estás perdiendo tu tiempo. Y recuerda, este es el único tiempo que tienes, y tienes tiempo limitado para sacarle provecho a ese enorme tesoro.
Si sigues así como vas, viviendo tu vida exactamente igual, ¿al final dirías, fue suficiente?
Si te dijeran que te fueras a morir hoy, ¿de qué te arrepentirías? Déjalo. Si hay algo que estás haciendo de lo que te arrepentirías cuando venga la muerte por ti, déjalo y déjalo ya.
Porque tú no sabes cuándo se te va a acabar el tiempo. Puede ser en cualquier momento. Puede ser en un abrir y cerrar de ojos.
Uno se duerme, literal, uno se duerme, y la vida pasa.
Vive de tal forma que cuando venga la muerte por ti, puedes decir, por lo menos le saqué provecho, no me arrepiento de nada, viví suficiente.
Tu vida es lo más valioso que hay.